METEMPSICOSIS
Desperté esa mañana fatídica empapado de sudor y con la terrible sensación de que me estaba quedando ciego. El techo, las paredes y los muebles se veían desenfocados, nebulosos, como si sus fronteras se evaporaran y mezclaran bajo este nuevo aire caliente, húmedo y sofocante que distorsionaba volúmenes y colores. El cuerpo borroso de Frieda dormía desnudo dándome la espalda. Algo oscuro cubría su cabeza. ¿Acaso una toalla?
—Frieda, Frieda, Ich werde blind —susurré tratando de ocultar el terror de estar perdiendo la vista.
—Vete a la mierda, Ramón.
Un libro cayó al suelo cuando me incorporé perturbado por esa extraña voz que hablaba en español en lugar de alemán, y que me llamaba Ramón en lugar de Gottfried. Esa mujer no era Frieda. Tampoco esa era mi cama, ni mi habitación, ni mi casa. Busqué el baño casi a tientas, mareándome cada vez más por la inconformidad de las paredes, puertas y muebles a esclarecer sus límites. Torres de libros fantasmales se multiplicaban por el suelo a lo largo de las paredes y sobre mesas y sillones atiborrando la diminuta sala-comedor. Una vez en el interior de un minúsculo baño de paredes rojo-sangre con protuberancias negras, me restregué los ojos frente al espejo sin obtener ningún resultado positivo. Mi rostro se revelaba como un borrón espectral enmarcado por un halo oscuro. Me di cuenta de que solo llevaba una camiseta y unos calzoncillos. Regresé a la habitación y no encontré mi ropa alrededor de la cama. Los primeros dos cajones de una cómoda reventaban de ropa interior femenina multicolor. En el tercero me topé finalmente con unos pantalones de hombre que, aunque viejos y de talla demasiado pequeña para mi considerable estatura, me quedaron a la medida.
Sobre la cómoda había más libros, papeles y una billetera. En lugar de euros contenía trece dólares americanos. No pude leer el nombre en la Visa hasta que me la coloqué a tres centímetros del ojo derecho: Ramón Sánchez Fernández. En la foto de una licencia de conducir de procedencia ilegible, Ramón parecía sonreír con unos grandes ojos negros, una tez oscura, unas gafas de gruesa montura negra sobre una ancha nariz y una pequeña barba puntiaguda. Me aterró la idea de que Ramón llegara en ese momento y me sorprendiera con quien debía ser su mujer o su novia o su amante desnuda en la cama.
—¿A qué hora llegaste anoche? —preguntó ella de mal humor.
Yo entendía perfectamente el español porque llevaba quince años veraneando en
España, pero lo hablaba con un espantoso acento alemán. Decidí salir de la habitación antes de que ella se diera cuenta de que el hombre con quien había pasado la noche no era Ramón. Pero en ese mismo instante la mujer se volteó y se sentó en la cama:
—Estuviste bebiendo con tus panas, ¿no? —preguntó.
Para mi sorpresa, en lugar de gritar de terror al verme, la mujer continuó dirigiéndome la palabra con absoluta naturalidad:
—Llegó el día, Ramón. Hoy nos cortan la luz.
Me limité a sonreír mirando aquel cuerpo borroso en el cual solo podía vislumbrar sus zonas más oscuras: el pelo capital y púbico, una boca que no sabía si permanecía abierta o cerrada, y un par de ojos y de pezones que debían observarme malhumorados.
—Si no pagamos el alquiler esta tarde, nos botan.
Fruncí el ceño y entorné los ojos en un último intento de identificar a la mujer que me hablaba.
—Tus espejuelos están detrás del despertador… No puedo más, Ramón. Si no consigues trabajo hoy mismo, nos tiran a la calle.
Acerqué la vista perdida a la mesa de noche y alcancé a ver, detrás de un anticuado despertador digital, unas gafas de montura negra y cristales gruesos. Sonreí otra vez, me las puse y todo a mi alrededor adquirió una brillante y reconfortante nitidez. La belleza de la mujer sentada en la cama me alivió el dolor de cabeza al instante. Era la encarnación más pura de la esclava del pintor cordobés Julio Romero de Torres, con su rostro casi redondo de pelo lacio oscuro, muy corto, su delgada nariz, sus senos ligeramente disímiles, su piel oliva tersa y luminosa, sus manos casi atadas a la espalda y sus ojos suplicantes. Ella, después de esperar en vano una mínima reacción de mi parte, un mínimo gesto de simpatía o de comprensión, se volvió a acostar bruscamente dándome la espalda. El reloj marcaba con anticuados números rojos las nueve y media de la mañana.
Crucé la sala-comedor repleta de libros, papeles, vasos, ceniceros y colillas de cigarros. Al fondo, el fregadero de la cocina se desbordaba de trastes sucios. Entré al baño y esta vez aprecié unas máscaras africanas de cartón piedra con largos cuernos y filudos dientes que decoraban las paredes rojo-sangre, y unas manchas amarillentas en los bordes del inodoro. Oriné un torrente único sin dirigirlo con los dedos y, al lavarme las manos, me espanté al ver, reflejado en el espejo, el rostro oscuro, de barbita puntiaguda y anteojos de Ramón Sánchez Fernández. Me palpé el rostro desesperado y vi en el espejo unos brazos peludos de manos pequeñas tocando la misma barbita puntiaguda que yo mismo me estaba tocando. Me miré las manos oscuras de dedos manchados de tabaco y de uñas descuidadas. El anillo matrimonial era muy delgado y en su interior no estaba grabado el nombre de Frieda, sino el de Alejandra. Me toqué los labios ahora gruesos, los dientes amarillentos un tanto separados, la enorme lengua geográfica, la ancha nariz, el pelo negro y ensortijado. Me jalé la piel de los carrillos para arrancarme la máscara. Me quité las gafas para que cesara la pesadilla, pero solo se volvió borrosa. Me desabotoné la camisa y los pantalones y confirmé que el cuerpo reflejado en el espejo era el mismo cuerpo que me encarcelaba, un cuerpo oscuro, peludo, enclenque de brazos, con una panza incipiente y un miembro exagerado.
Salí sin aire del baño y del piso, bajé una planta, crucé un patio interior destartalado y salí a la calle descalzo. Las copas de unos árboles inmensos techaban la estrecha calle de adoquines azulados y húmedos que descendía entre decenas de plantas y palmeras hacia un ancho muro defensivo con vistas al mar. Varios gatos dormían sobre los techos y los capós de una larga fila de coches estacionados a uno de los lados. Al ver el muro de piedra con su descomunal puerta cuadrangular, el mar, las palmeras, los grandes árboles americanos, los gatos callejeros y la arquitectura colonial dieciochesca de los edificios, con sus faroles y balcones adornados de flores, juré que me encontraba en un hermoso rincón desconocido de un Cádiz sofocado por el levante. Pero las intensas tonalidades de azul, anaranjado, verde, rojo y amarillo de los edificios contrastando con sus retallos blancos, la ausencia de la omnipresente piedra ostionera en su construcción, la textura azul-vidriosa de los adoquines y el diseño de las calles con desagües laterales en lugar de centrales me hicieron dudar. Fue cuando noté los coches japoneses y americanos —en lugar de los típicos Seats, Citroëns y Renaults— con sus pequeñas matriculas, que la ilusión de un entorno gaditano quedó aplastada para siempre: cada una de ellas indicaba, sobre un conjunto de tres letras y tres números, separados por el dibujo dorado de una garita, que me encontraba en Puerto Rico, una de aquellas “islas de hombres desnudos” elogiadas por Theophrastus Bombast von Hohenheim en el siglo XVI. El diario que encontré en la acera, El Nuevo Día, confirmó que estaba parado en esa isla caribeña en la calurosa mañana del 9 de julio de 2017. El 8, justo el día anterior, había estado dentro de mi propio cuerpo ario, sentado en mi estudio en Berlín, redactando un artículo mientras Frieda regaba las plantas del jardín. Después de cenar esa noche me había quedado dormido releyendo a Nietzsche. Y después, no sé, desperté aquí, al otro lado del océano Atlántico, violando todas las leyes del espacio, del tiempo, de la causalidad, de la casualidad y de la decencia. Ahora me tocaba llamar a Frieda para explicarle lo inexplicable.
Me dirigí hacia el mar por el medio de la calle sintiendo el frío plomizo de los adoquines en las plantas de mis callosos y desagradables pies. Al cruzar la enorme puerta de piedra se abrió una amplia bahía, rodeada por grandes árboles, palmeras y un frágil muelle de madera. La anchísima puerta roja de arquitrabe y pedestales blancos parecía la única entrada a una ciudad rodeada de impenetrables lienzos y baluartes de piedra con múltiples troneras y garitas en sus parapetos. Una inscripción sobre su vano con uno de los versos del Sanctus litúrgico le daba la bienvenida a todo el que entrara en la ciudad pasando entre sus dos anchas pilastras: BENEDICTUS QUI VENIT IN NOMINE DOMINI. No me sentí ni bendito, ni bienaventurado, ni dichoso en esta ciudad amurallada y mucho menos en este cuerpo deforme de gruesa piel oscura y velluda. Me causaba asco tragar su saliva, inhalar y exhalar su aliento, sentir en lo más íntimo de mi ser las viscosas secreciones de sus glándulas y las extrañas vibraciones de sus vísceras. Las letras de la inscripción se multiplicaron, se transformaron y se reconfiguraron en mi imaginación para leer el aterrador mensaje que recibía a los condenados en la Puerta del Infierno de Dante, POR MÍ SE VA HASTA LA CIUDAD DOLIENTE, POR MÍ SE VA AL ETERNO SUFRIMIENTO… ABANDONEN, LOS QUE AQUÍ ENTRAN, TODA ESPERANZA, y sentí cómo las piernas del despreciable Ramón me forzaron a entrar otra vez a la calurosa urbe de piedra, cemento, madera y plomo.
Un hombre que venía por la calle Clara Lair cantando a gritos el sustantivo plural “azucenah” me saludó con la mano, volteó a la derecha en la calle de Ramón y caminó cuesta arriba con un enorme ramo de mis flores favoritas, símbolos de virtud y de pureza. Lo seguí discretamente pisando unos pequeños frutos anaranjados bajo unas largas lianas selváticas y cruzando nubes invisibles de putrefacción hasta llegar a una pequeña plaza con esculturas quiméricas: un gato con cuello de jirafa y cola de cabeza de delfín, y un gallo con forma de luna, boca humana bajo su pico, cresta marina y un rostro bigotudo tatuado en su cola. Al final de la calle se alzaba imponente la fachada de una enorme iglesia de anchas pilastras dóricas blancas y paredes color carne pálida. Unas monjas que se dirigían al templo le dieron unas monedas a un esperpento humano que pedía limosna en las escalinatas mostrando unos pies monstruosamente hinchados. Recordé que no tenía ni un euro en el bolsillo. Un grupo de turistas armados de cámaras y móviles salía del Hotel El Convento de paredes mostaza, sostenidas por anchos arcos y columnas blancas.
Regresé a la entrada del edificio verde oscuro donde había amanecido: Caleta de San Juan número 55. No pude abrir la puerta. En ese preciso momento algo cayó del cielo y me golpeó la cabeza. Era una billetera. Miré hacia arriba y vi el instante en que el cuerpo semidesnudo de Alejandra desaparecía del balcón central de la segunda planta. Constaté en la billetera la presencia de la Visa, de la licencia, de una tarjeta ATH del Banco Popular, y la ausencia de los trece dólares. La licencia de conducir de Ramón había sido emitida efectivamente en el Estado Libre Asociado de Puerto Rico. Vencería en una semana. Caminé otra vez descalzo calle arriba hacia la iglesia —Catedral de San Juan Bautista, anunciaba un letrero— y volteé a la izquierda en la calle del Cristo. Un hombre dormía plácidamente a pierna tendida en la acera.
—¡Ramón! —gritó una voz femenina y tuve que escuchar el nombre dos veces más para reaccionar y darme cuenta de que me estaban llamando a mí. Levanté la vista y vi a una anciana inclinándose sobre la barandilla de un balcón sobre el Café y Galería Don Pablo.
—¿Me puedes ayudar a sacar unas plantas al balcón?
—Sí —contesté y subí a la primera planta donde me esperaba el beso sudoroso de la anciana y su desagradable aliento a café barato. Cargué tres enormes tiestos de plantas moribundas del sombrío comedor al luminoso balcón.
—¿Podría usar el teléfono? —le pregunté sin percibir mis eres guturales. Mi nueva voz era otra, aguda, casi femenina.
—Claro, Ramón.
—Gracias —dije tomando el teléfono inalámbrico. Intenté buscar algo de privacidad, pero la vieja me seguía de cerca a la cocina, a la sala, al balcón.
—¿Podría usar el baño?
—Claro, hijo.
Entré al baño, abrí la llave de agua y prendí el extractor:
—¿Sí?, ¿operadora? ¿Qué número tengo que marcar para llamar a Alemania, a Berlín? Un segundo, por favor. Cero, once, cuarenta y nueve, treinta. Gracias.
—Ramón, ¿está todo bien? —preguntó la vieja.
—Sí. Todo bien.
Frieda tenía su celular apagado y no me atreví a dejarle un mensaje con esta espantosa vocecita. La llamé a la casa.
—Hallo? —contestó una voz masculina. Me sorprendió porque solo Frieda contestaba el teléfono cuando yo no estaba.
—¿Se encuentra Frieda? —pregunté en alemán, reventando de ansiedad.
—No se encuentra —dijo el hombre. Aluciné: era mi propia voz, la voz que me parecía tan ajena cuando escuchaba los mensajes que le dejaba a Frieda en el contestador automático. Era mi propia voz hablando en perfecto alemán, como si yo estuviera hablando conmigo mismo.
—¿Con quién hablo? —inquirí.
—Con Gottfried Naumann, el esposo de Frieda —contestó la voz—. ¿Quién es usted?
—Soy Gottfried Naumann el esposo de Frieda —afirmé con absoluta convicción.
—Usted está equivocado —dijo la voz.
—Eres Ramón Sánchez Fernández, ¿no es cierto? —le dije en español.
—Ramón Sánchez Fernández serás tú —contestó la voz con un perfecto acento caribeño, sin eres guturales—. No vuelvas a llamar a nuestra casa.
—¿A nuestra casa? Scheißkerl! —le grité, pero ya había colgado.
—Ramón, ¿está todo bien? —volvió a preguntar la vieja de mierda.
—Sí. Sí —contesté, y volví a marcar el número de mi casa tres veces más, pero sonaba infinitamente sin que saltara el contestador automático.
—Scheiße! —volví a gritar.
—Ramón, ¿con quién estás hablando?
Abrí la puerta del baño y salí del apartamento sin mirar a la vieja, la cual siguió llamándome consternada, pronunciando aquel nombre maldito desde su balcón, incluso después de que yo ya había volteado a la derecha en la calle San Sebastián, bajo la mirada de bronce de Juan Ponce de León.
Me urgía enviarle un mensaje de texto o un mensaje electrónico a Frieda, diciéndole que ese hombre era un impostor. Frieda sólo tendría que hacerle un par de preguntas personales para darse cuenta de quién era quién. En eso se materializaron en mi mente escenas horrendas protagonizadas por Ramón en mi propia casa, en mi propia cama. Luego me acordé de mis cuentas de banco, de mis múltiples inversiones, de mis preciados inmuebles: la casa en Berlín, la casa de playa en Mallorca, el piso en Cádiz.
Entré hambriento y desesperado en La Mala Vida y un negro vestido de negro, corpulento, de afro rojizo acuchillado por una peineta morada, me extendió la carta sobre la barra y me saludó sonriente:
—Buenos días, Ramón.
Me senté en la barra sin dirigirle la palabra. Leí la carta en inglés. Pedí unos huevos rancheros y un capuchino.
—¿Te pasa algo? —me preguntó el negro.
—¿Podría hacer una llamada telefónica? —le pregunté y el joven me ignoró.
Me atraganté una masa formada de tortilla, frijoles, guacamole, huevos y queso rallado anaranjado y blanco al lado de una pareja norteamericana con tatuajes coloridos en los brazos que conversaba debajo del rostro ensoñador de John Lennon pintado en el muro descascarado del restaurante. Saqué la Visa para pagar, pero la transacción fue denegada. Algo peor pasó con la ATH: el joven me dijo directamente que no disponía de fondos suficientes en mi cuenta. Mientras el negro atendía a los turistas me precipité a la calle sin pagar. Caminé hacia un cajero automático en la misma calle. Dos hombres oscuros y robustos venían caminando por la acera opuesta:
—Oye, cabrón, mira quién viene por ahí —le dijo uno al otro—; ¡es el nazi, y viene descalzo!
—¡Ramón! —llamó el segundo cruzando la calle— ¡gutenmorguen!
—¡Qué tempranero! —dijo el primero.
—¿Quieres tomarte una cervecita? —preguntó el segundo—. Justo tengo que abrir la taberna para limpiar los baños y prender los abanicos para ventilarla.
—¡Las Heineken están bien frías! —dijo el primero tratando de tentarme con una sonrisa.
—Heineken es holandesa, pedazo de animal —aclaró el segundo—. Ramón sólo bebe Weihenstephaner Hefe Weissbier, producida en la cervecería más antigua del mundo.
—Sí —dije, recordando que alguna vez en Bavaria había probado esta cerveza de origen benedictino.
—Aquí tengo las llaves, profe —dijo el segundo y abrió una de las puertas de madera iluminadas con farolitos verdes de la Taberna Lúpulo. Un espeso olor a cebada fermentada, aromatizada con lúpulo y boj, flotaba en la oficina improvisada rodeada de archivadores de metal, cajas de papel higiénico, ropa, cuentas, sobres, cables, un ordenador y un enorme frigorífico.
—¿Puedo usar el teléfono? —pregunté.
—Sí, profe. ¿Cómo está Ale?
—Bien.
—¡Salud! —dijo el segundo levantando su vaso después de destapar la chapa blanca y obsequiarme la botella de Weihenstephaner Hefe Weissbier.
Me pasé la botella helada por la frente sudorosa, le di la vuelta a la larga barra de altas paredes crema, decoradas con botellas de cerveza de todo el mundo, entré en un pequeño patio y me encerré con la cerveza y el teléfono inalámbrico en el baño de caballeros a llamar a las sucursales de varios bancos alemanes y suizos. El olor a cerveza y a orina coagulada de la noche anterior era insoportable. El reloj decía que eran las 11 de la mañana. En Berlín serían ya las 4 o las 5 de la tarde. Mi memoria fotográfica aún funcionaba y pude acordarme de todos los números de las cuentas bancarias y sus respectivas claves y números telefónicos ¿Cuál era la relación entre cuerpo y mente, cuerpo y memoria, cuerpo y alma? ¿Existía entonces esta dualidad? ¿Acaso era posible conservar las neuronas y procesos neurológicos durante la metempsicosis? ¿O habría sido la víctima de un trasplante cerebral, de una siniestra y severa operación quirúrgica que logró convertirme en un homúnculo? Desafortunadamente mis impecables dotes intelectuales me sirvieron sólo para enterarme de que hacía unas horas yo mismo en persona había transferido los fondos y cerrado todas las cuentas, tanto las de Berlín como las de Zurich.
—Scheiße! Scheiße! Scheiße!
—¿Todo bien? —preguntó el tío que había abierto la taberna tan pronto como salí del baño.
—Sí, sí —contesté y salí de la taberna sin agradecer ni terminarme la cerveza.
Corrí lo más rápido que pude por las estrechas aceras y calles adoquinadas esquivando coches y turistas hasta llegar al apartamento de Ramón y Ale. Me incliné jadeando contra la puerta del edificio. Había apretado el calor. Sudaba a chorros y me dolían las plantas de los pies y las inútiles piernas de pigmeo que había heredado esa mañana. La puerta que daba a la calle ahora estaba abierta. Subí las escaleras lentamente, tratando de recuperar el aire.
—¿Ale?
Los trastes seguían sucios en el fregadero, pero la mesa de la sala-comedor ahora lucía limpia y despejada con la excepción de un ordenador portátil y un sobre que decía “Ramón.” Encendí el ordenador y entré en la red, pero no pude acceder a mis cuentas de correo electrónico: ni a la personal, ni a la universitaria. Ninguna de mis claves funcionaba. Me vi obligado a abrir una cuenta de Gmail bajo el humillante nombre de usuario gottfriednaumann2. Le escribí un mensaje urgente a Frieda diciéndole que algo muy grave estaba pasando, que yo había amanecido en Puerto Rico, que un impostor había ocupado mi lugar en nuestra propia casa en Berlín, que no se dejara engañar por su probable parecido físico e idéntico timbre de voz, y que llamara a la policía: un par de preguntas íntimas serían suficientes para desenmascararlo. Yo, el verdadero Gottfried Naumann, intentaría volar a Berlín lo antes posible. También le escribí contándole la odisea a Jörg, íntimo amigo y colega en el Departamento de Historia y de Estudios Culturales de la Freie Universität.
Sobre la mesa de noche descansaba el Fausto de Goethe en su lengua original, subrayado y anotado de tapa a tapa con lápices de distintos colores. Rebusqué los dos cajones hasta encontrar el pasaporte de Ramón. Era norteamericano, había vencido hacía dos años y estaba sellado con entradas a Alemania y a España en 2002, 2004, 2006, 2008, 2010, 2012 y 2014. Su estadía en mi patria fluctuaba entre un mínimo de tres semanas hasta un máximo de siete. Sobre un escritorio junto a la ventana de la sala-comedor, había dos diccionarios alemán-español, español-alemán (Langenscheidt y Larousse), y libros y CDs para aprender la lengua germánica incluyendo uno dedicado exclusivamente a obscenidades.
Miré la pantalla del ordenador con la ansiedad de un adolescente. Me habían llegado tres mensajes del equipo de Gmail dándome la bienvenida al servicio, invitándome a usar Google +, listando recomendaciones y anunciando nuevas aplicaciones y servicios. No había duda de que Ramón era un germanófilo. Las torres inestables de libros que se sostenían unas a otras sobre el suelo formaban una verdadera biblioteca de autores alemanes en su lengua original desde Andersch hasta Zuckmayer, representando las voces más ilustres de nuestra literatura, filosofía, historia, sociología y teoría crítica y cultural. Entre ellos reconocí los lomos de mis propios libros, libros escritos por Gottfried Naumann: La pureza moral alemana en la Germania de Tácito, En busca de la perfección: la construcción de la identidad alemana (1724-1933), Simetría, austeridad y esplendor en la arquitectura de Schinkel, La germanización del imperio alemán bajo Wilhelm I. Todos estaban subrayados obsesivamente de tapa a tapa con lápices rojos, negros y amarillos. Los clásicos que faltaban en la colección coincidían curiosamente con los pocos que yo no había leído por falta de tiempo e interés. El libro más manoseado y subrayado era uno del etnógrafo decimonónico Bogumil Goltz, Die Deutschen: Ethnographische Studie, particularmente el pasaje que decía, inspirado por el espíritu absoluto hegeliano, que el alemán es el ser humano más perfecto porque de hecho reúne las propiedades características, talentos y virtudes de todas las naciones: “Somos tan concienzudos, trabajadores y diestros como los chinos... Poseemos la minuciosidad y la precisión de los ingleses... Poseemos la aptitud y la elegancia de los franceses en todas las artes técnicas... Comprendemos la música y las bellas artes mejor que los italianos... Somos, al igual que los viejos polacos y húngaros, agricultores y pastores con un profundo amor por la naturaleza y un sentimiento patriarcal” (pp. 1-2).
¿Quién era este Ramón Sánchez Fernández cuyo espantoso cuerpo ahora habitaba? ¿Qué quería? ¿Qué buscaba? Miré la pantalla del ordenador con el rabillo del ojo. Ni Frieda ni Jörg me contestaba el mensaje. Descolgué el teléfono y llamé otra vez a Berlín. Nada. Le dejé un mensaje a Jörg en su móvil y otro en su despacho tratando de disfrazar mi voz de homúnculo, pero sin identificarme. Sólo le dije que era una llamada urgente de Puerto Rico y que podía llamarme a cobro revertido al 787-790-9696.
Al lado del escritorio había un pesado archivador repleto de legajos y carpetas: cuentas, cartas, direcciones, números de teléfonos, documentos legales, tarjetas de crédito partidas en muchos pedacitos, tarjetas de identificación vencidas del Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico que identificaban al impostor como al profesor Ramón Sánchez Fernández, viejos catálogos de cursos académicos de la misma universidad, notas de cursos de historia alemana, de filosofía alemana, de lengua alemana. Una de las carpetas llevaba mi nombre. La abrí y sentí vértigo al contemplar cientos de fotos donde aparecía yo, alto, rubio, elegante, hablando con mis alumnos en la Freie Universität, examinando una espada medieval en el Deutsches Historisches Museum, leyendo un enorme volumen en la Staatsbibliothek, sacando dinero en un cajero automático del Deutsche Bank, dando una conferencia en la Humboldt Universität, analizando un cuadro de Böcklin en la Alte Nationalgalerie, bajando las escaleras del Reichstag después de entrevistar a varios miembros del Bundestag, presentando mi último libro en el Jüdisches Museum, paseando con Frieda por el Tiergarten, desayunando un Apfelstrudel en un Einstein Café, cenando con un grupo de historiadores reconocidos en mi propia casa de Berlín (foto tomada desde el jardín a través de la ventana), haciendo el amor con Frieda en mi propia cama (foto tomada desde el balcón de la segunda planta a través de la puerta de vidrio), comiendo caracoles en Sóller, saliendo de un velero en Palma de Mallorca con el borrador de un artículo bajo el brazo, tomando apuntes sobre la arena en Santa María del Mar con la catedral gaditana al fondo...
Traté de recordar si había visto a Ramón detrás de una cámara o de un móvil en alguno de estos lugares, pero de la recatafila de fotógrafos y turistas que desfilaron por mi infalible memoria, ninguno compartía sus rasgos de mulato, de absoluto Ausländer. La foto que más me llamó la atención fue una donde Frieda y yo posábamos desnudos, altos, escultóricos y eternos en una playa cerca de Tarifa con un brillante mar azul de fondo. Yo sonreía hacia otra cámara no visible en la imagen, mientras que Frieda miraba intranquila directamente al lente de Ramón Sánchez Fernández. La foto probaba que por lo menos ella había visto a este maldito puertorriqueño invadiendo nuestra privacidad, por lo menos una vez, esa vez. Recuerdo claramente la otra foto que había capturado aquel instante, la legítima, la tomada por Jörg, donde yo sonreía mirando directamente a la cámara. Recuerdo que cuando Jörg me envió una copia meses después, me sorprendió aquella mirada desviada y consternada de Frieda. Recuerdo que le dije a ella “tienes cara de estar viendo un espectro” y recuerdo también que ella hizo un pequeño esfuerzo en recordar lo que había visto, pero la escena ya había quedado en el olvido.
Sobre la mesa seguía el inquieto sobre que decía Ramón. Lo abrí. Era una carta de Alejandra:
Querido Ramón:
​
La única forma en que te podré seguir queriendo de ahora en adelante será viviendo lejos de ti. Hice todo lo que pude por apoyarte, por animarte, por salvarte de ti mismo y por salvarnos. Quiero que sepas que durante todos estos años creí en ti, que siempre pensé que lograrías tu sueño de ser un distinguido historiador en una prestigiosa universidad. Pero sabes muy bien que el trato vencía hoy, exactamente el día en que nos quedaríamos sin casa, sin dinero, sin luz, sin nada. Me prometiste que hoy terminarías tu libro, o que conseguirías trabajo, o ambas cosas; me juraste que sería hoy o nunca. Ambos sabemos que después de todos estos años en que te gastaste toda la herencia de mis padres en libros, viajes y cervezas, que después de infinitas horas acostado panza arriba en la hamaca, en la cama y en la playa leyendo libros infinitos y charlando con tus panas sobre leyendas pasadas y sueños futuros, no has escrito ni siquiera una oración y no has conseguido ni siquiera una entrevista de trabajo. Te confieso que me será difícil vivir sin ti, pero estoy segura de que me será mucho más fácil que vivir con el Ramón que se destruyó a sí mismo, que dejó de ser el Ramón sonriente que buscaba no la realización de sus sueños, sino su hermosa perfección, la perfección de los sueños. Me quedaré con ese recuerdo.
​
Hasta siempre desde muy lejos,
​
Alejandra
Scheißkerl! Rompí la carta, golpeé la mesa y tiré abajo las torres de libros. Después de unos segundos de locura, recuperé la noción de mí mismo. Nunca había perdido los papeles de esta manera. ¿Era acaso este cuerpo contaminado de negras pasiones el que me llevaba al improperio y al descontrol? ¿O era que me sobraban razones para recurrir a la violencia? El hijo de puta de Ramón estaba realizando su sueño, un sueño alevosa y meticulosamente planeado durante años y ejecutado con precisión alemana el día exacto en que se habría convertido en nadie, en nada; un sueño que excluía a Alejandra, la mujer que le había dado todo, y que me sustituía a mí, el hombre que le había puesto en bandeja de plata todo lo demás. Su sueño era mi pesadilla. Él ahora era Gottfried Naumann, alto, rubio y elegante en la cumbre de su éxito académico, económico y social, mientras que yo terminé siendo el oscuro e insignificante Ramón Sánchez Fernández, sin mujer, sin casa, sin trabajo, sin un céntimo, en medio de la más mísera miseria.
Miré por tercera vez la pantalla del ordenador. Acababan de llegar al buzón las
respuestas de Frieda y Jörg. Cuando me disponía a abrir el mensaje de Frieda, zas, se apagó la máquina. Se había quedado sin batería. Busqué el cable desesperado hasta que lo encontré en un maletín negro repleto de lápices de colores y mapas de Alemania y España casi desintegrados por el uso. Conecté el ordenador, pero nada, seguía muerto. Traté de encender la luz de la sala-comedor. Nada. Corrí a ver el reloj despertador sobre la mesa de noche. Estaba negro. Habían cortado la luz. Pronto vendría el casero a echarme de la casa de Ramón. Todo se venía abajo más rápido de lo que pensaba.
Fuera del apartamento encontré un enchufe. La máquina se demoró unos minutos. Las respuestas no me sorprendieron. Frieda, con su característica frialdad, se limitaba a informarme de que ella y Gottfried habían llamado a la policía y que me recomendaban no volverme a comunicar con ellos y desistir de este tipo de bromas en el futuro. Jörg me decía simplemente que después de tomarse un café con Gottfried en la facultad determinó reportar el uso inapropiado de Gmail a Google, y el número de teléfono puertorriqueño a la Interpol para que fuera investigado. Siempre bonachón, se despedía deseándome suerte.
Antes de recuperar mi lugar en el mundo, mi añorada existencia germánica, iba a tener que detener la hemorragia y sobrevivir. Pensé en Kant: razón, autodisciplina, puntualidad y deber. Pensé en los llamados apasionados de Fichte: nobleza, orgullo, carácter y sacrificio; en los de Schiller: razón, pasión, estética. Pensé en el antiguo espíritu prusiano que resumía la ética protestante: frugalidad, diligencia y trabajo duro y constante. Pensé en Nietzsche: rebeldía heroica. ¿Serían posibles en este cuerpo?
Contemplé con asco lo que quedaba en la oscura nevera que pronto se convertiría en un horno: una rebanada de pan salpicada de hongos, una raja de jamón dura y oscura, media pera. Me afeité la barbita endiablada, me peiné el afro lo mejor que pude con una peineta sucia, me lavé los dientes con el cepillo rosado de Alejandra, no con el negro de Ramón, metí el ordenador en el maletín, me puse asqueado unas húmedas y olorosas sandalias que hallé debajo de la cama, agarré el pasaporte, la billetera vacía, el catálogo de cursos universitarios más reciente y tomé, con la intención forzosa de no pagar, un taxi al único lugar que podría salvarme: la Universität, esa gran institución que, a pesar de haber llegado tarde a mi patria en el siglo XIV, proliferó, se multiplicó y se desarrolló con vigorosa hombría, llegando a ser instrumental en la construcción de nuestro esplendoroso espíritu nacional.
***
Han pasado cinco años y todavía no sé quién ganó la partida, si Gottfried o Ramón. A mí no me quedó otra que ser Ramón, pero un Ramón nuevo, lleno de energías físicas e intelectuales. Ahora hago ejercicio diariamente y estoy en forma. He aprendido a aceptar, a apreciar e incluso a querer mi nuevo cuerpo. Ahora sé que pertenece a esa raza cósmica que muy pronto inundará y dominará el mundo. Al fin y al cabo, como dice Alejandra, la raza no tiene nada que ver con el intelecto y el intelecto no tiene nada que ver con el valor, porque valer solo se puede medir por la capacidad de trabajo y sacrificio para construir un mundo mejor. En cinco años he escrito más y mejores libros que los que escribió Gottfried en diez, y recientemente me dieron la permanencia como profesor de alemán e historia europea en la Universidad de Puerto Rico donde he comenzado a inspirar a una nueva generación de historiadores. Nunca regresé a Alemania, nunca volví a ver a Frieda ni a Jörg. Si lograron reconocerme tan fácilmente en otro hombre fue porque nunca quisieron conocerme de verdad. Del nuevo Gottfried, lo único que sé es que abandonó la academia y que dejó de publicar libros, pero que sigue siendo rico, alto, rubio y prejuicioso.
Alejandra es el amor de mi vida y estamos viviendo nuestro propio sueño. Aquel mismo día nefasto le quité las ataduras que la esclavizaban al otro Ramón cumpliendo la promesa que éste no había sabido cumplir honestamente: conseguí trabajo con el modesto título de asistente temporal de profesor de biología y me dediqué por un tiempo a inyectarles células cancerígenas a ratones blancos, a medir los espantosos tumores que les crecían en las patitas traseras y a desnucarlos con una regla. Se me hizo difícil obtener algo más digno y conforme a mis talentos historiográficos dada la reciente huelga, la creciente inestabilidad institucional, la crisis económica que azotaba a la isla y la patética trayectoria de Ramón, quien había sido despedido por múltiples negligencias, innumerables ausencias, falta de puntualidad, falta de iniciativa, falta de publicaciones, falta de energía, y flojera constante y general.
Sólo tengo problemas cuando termino de escribir un artículo o un libro: la mente se relaja satisfecha, la razón se adormece y me entran las dudas, unas dudas tan enormes como los monstruos de Goya, el pintor no germánico favorito de Gottfried. ¿Quién soy? ¿Quién dirige las acciones de este cuerpo que buscó desesperadamente la perfección? ¿Gottfried o Ramón? Para Kant la lucha interna del hombre se libra entre la razón y las pasiones. Mi lucha en esos momentos de incertidumbre es entre el deseo y el terror, entre el deseo y el terror de saber la verdad, de descifrar de una vez por todas cómo se llevó a cabo la transmigración simultánea de dos almas evitando la muerte de los cuerpos que habitaban. Se me hace casi imposible reprimir las respuestas que surgen en forma de preguntas. ¿Hizo Ramón un pacto con el diablo para disfrutar por el resto de su vida los placeres de vivir en el cuerpo de un supuesto miembro de la Herren-rasse, de un superhombre contemporáneo? ¿Hizo Ramón un pacto con el diablo para castigar a Gottfried por su racismo latente aun después de las lecciones del holocausto? ¿Existe el diablo? Kant me tranquiliza en estos momentos haciéndome acordar de los límites de la razón humana, de la imposibilidad de ir más allá de nuestra experiencia, siempre limitada por nuestras categorías mentales de espacio, tiempo y sustancia. Kant me llama a desistir, a no dudar, a seguir viviendo, amando, escribiendo y enseñando bajo los rigores de una disciplina inquebrantable, a olvidarme de esta absurda metempsicosis porque comprenderla sería un ejercicio inútil. Pero de repente aparece Fichte y me recuerda que lo que la mente humana no puede conocer o entender, no puede existir. Y es aquí donde vuelve a entrarme el terror, el terror de que haya una explicación racional, tal vez psicológica, el terror de destruir mediante alguna verdad lo que con tanto trabajo yo he —o nosotros hemos— logrado construir.